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La curiosa historia del Persolejo

(Para @divagacionistas bajo el tema "Distancias")

David Romeo podría haber sido millonario gracias a aquel invento.

Un tubo alargado con engarces serpentinos de bronce. Diferentes lentes en su interior. "Como un catalejo, pero para personas" me dijo una vez tras varias cervezas "Un... Persolejo ¿Lo pillas?" Estuvo riendo su propia gracia varios minutos.

Solo en nuestro país uno inventaba algo tan fantástico y le ponía un nombre tan cutre. Y luego se lo guardaba, para que nadie más lo disfrutase.

Lo cierto es que David nunca vio negocio en el cachivache, porque su familia estaba forrada. Los Romeo tenían un unifamiliar rollo americano. Él subía desde la ventana de su cuarto al tejado con el dichoso Persolejo y retrepado en las tejas rojizas observaba el resto de viviendas de la urbanización, como el tipo ese de la peli de Hitchcock. 

"Miro por este lado" me decía "y las personas se alejan de mi. Pero no porque se hagan más pequeñas, no. Este cacharro me muestra los pensamientos más asquerosos que tienen dentro. Sus deseos más guarros. Me hace odiarlos."

"Sin embargo" decía dando la vuelta al cachivache con un gesto de majorette "si miro por el otro extremo veo su debilidad, su lucha. Me resulta imposible no sentir simpatía por ellos."

Y yo me lo tenía que creer, porque nunca me dejó mirar por el artefacto.

David lo pasaba tan bien que no ocultaba su vena voyeur. Nunca decía nada a los paseantes, perchado en su atalaya como un cuervo, pero su conducta resultaba tan incómoda que la gente comenzó a evitar pasar por delante, sin saber muy bien porqué. Yo mismo espacié mis visitas a la casa, sin ser capaz de esgrimir una razón concreta.

La cosa podría haber quedado ahí de no ser por Lara Blázquez.  

Por orden paterna la joven quinceañera debía evitar la casa de los Romeo, lo que le obligaba a dar un rodeo considerable para salir de la urbanización. Lara culpaba a David de su infortunio y decidió darle un escarmiento.

Paso por delante de la casa. Rápidamente sacó el espejo del bolso, alzándolo para intentar deslumbrar al mirón.

El forense no pudo encontrar un motivo a la muerte de David, pues la caída del tejado no había sido tan grave. Tampoco tenía explicación para el rictus de horror que petrificaba su rostro. 

Nunca quedó claro por qué lado del Persolejo estaba mirando David cuando se despeñó.

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