lunes

Infidelidad burocrática

(Para @divagacionistas bajo el tema "Infidelidad")

"¿Estás seguro que dice eso?" dijo Ella señalando con su uña el desgastado tomo religioso.

Tenía una bonitas rúbricas persas y hubiera pasado por un volumen arcano de no ser por la pegatina que decía "R COR 391 - Biblioteca Pública de Aragón" que uno podría encontrar en el interior de la portada.

"A mí no me importaría acompañarte," dijo el anciano extendiendo el libro todo lo que se lo permitían sus enclenques brazos "pero sé que luego estas cosas generan problemas. Mira a Innana y Dumuzi. Una entrega mal hecha acaba en toda una odisea".

Ella entornó sus cuencas vacías, intentando mostrar suspicacia con todo lo que se lo permitía su fisionomía (que no era mucho).

"Y luego, cuando venga Azrael y vea que me he ido contigo... ¿A quién echarán la culpa?" continuó el viejo con la complicidad experta de quien lleva dos mil años dando esquinazos.

"Pero... la última vez me dijiste que ibas a hablar con Átropos. Que le dirías que lo habías pensado mejor y que te venías conmigo" dijo Ella en un gutural tono de reproche que no aterrorizaba en absoluto.

"Ya, pero entre medio Odín me ofreció una oferta muy difícil de rechazar. Ya no es solo lo del Valhalla. Es que me aplazaba el acceso hasta dentro de veinte años a contar desde la firma y solo han pasado quince. Salvo que tú me puedas quitar la permanencia, tengo que mantener el compromiso."

Otra vez lo del Valhalla, pensó Ella poniendo las cuencas en blanco. ¿Por qué no se le ocurriría a Marketing algo para contraofertar como Dios manda? Bueno, al menos con los vikingos siempre se podía negociar un cliente y estando a fin de mes a fin de mes una firma más podía suponer un montón de puntos extra para el Ranking de Embajadores Funerarios. Lo iba a flipar la tolai de Ammyt.

"Hablaré con Odín y veré qué puedo hacer" Chasqueó los dientes y lanzando una maldición (Literal) a las bases de datos del Departamento de Fidelización de Clientes, se enfundó la capucha y se esfumó. También literalmente.

El viejo sumerio sonrió a la habitación, vacía por enésima vez.

Matusalén preveía que los fomoreanos vendrían el viernes, y aunque eran más cabezones que Muerte, siempre se olvidaban de su propósito al séptimo coñac.

Mil Tarjetas Blancas

(Para @divagacionistas bajo el tema "Tarjetas")

Es curioso cómo trabaja el cerebro. Aquí estoy. El último día de mi vida. De pie sobre el alfeizar de la ventana.  Sevilla a mis pies, y me acuerdo de mi cumpleaños.

Recuerdo a mi padre entregándome orgulloso el paquetito. Algunos amigos ya lo tenían; pero una cosa era escribirles alguna tarjeta y otra recibirlo tú. Temblaba de emoción al desenvolverlo. La pantalla de cristal líquido reconoció mis rasgos, iluminándose con tonos azulados y emitiendo un agradable  cascabeleo. "Mil tarjetas blancas", decía en florida caligrafía. El nombre de la App se desvaneció dando paso a la primera tarjeta.

"Besa a Diana Flores" rezaba. Bajo el enunciado, unos labios mal dibujados y un nombre. Alberto Cruz.

Durante meses odié a Alberto, lo eliminé como amigo en redes y dejé de hablarle en los chats de la Universidad. Me había dejado en ridículo ante mi familia en mi cumpleaños, aunque fuese sin querer. Volví a hablarle cuando Diana validó en la app que había cumplido mi tarjeta. Alberto y yo nos hicimos los mejores amigos, porque al final no había sido algo tan horrible.

Mi siguiente tarjeta era "Comparte un ouzo mirando al Egeo", de mi tía Livia. Quizás quería que viviese lo que ella nunca pudo.

Como otros 80 millones de usuarios, durante los siguientes treinta años perseguí las demandas de la app. Crecí y aprendí. Conocí personas maravillosas y visité países que nunca me había atrevido a explorar. Es cierto que no todo fue un camino de rosas: Viví angustiado en redes la historia del malagueño al que habían escrito "Sé feliz" en una tarjeta. Su progresiva depresión y suicido. También la inesperada muerte de nuestro amigo David, cuya última tarjeta nunca supimos lo que decía, o el escándalo de los hackers que intercambiaron los mazos de miles de usuarios.

Sin embargo miro por última vez la pequeña pantalla y al final no me arrepiento del camino que me lleva a este alfeizar.

He vivido más de ochocientas tarjetas hasta toparme con la que mis padres, como todos los padres, deben poner obligatoriamente en el mazo. Según el tipo de cuenta que compres pueden hacer que salga más o menos tarde pero sé que he tenido suerte porque ellos no podían permitirse muchos extras.

"Reúnete con nosotros y cuéntanos lo que has vivido"

Mis padres murieron en un accidente hace justo seis años. En homenaje, hoy cumpliré su tarjeta.

PD: La inspiración para esta historia viene de la historia de un juego durante una conversación con el gran Oriol Ripoll, musa inconsciente e improvisada a la que recomiendo encarecidamente que sigas.

Dactiloterapia

(Para @divagacionistas bajo el tema "Huellas")

Como todos los días Ainhoa se levantó de la cama y puso alrededor del café tres galletas pulcramente ordenadas. Al lavar la taza sintió un desagradable escalofrío que ascendía desde su pie, como si hubiese pisado una alfombra de crujientes insectos.

Intentando evitar la nausea en sus tripas, miró sorprendida al suelo para descubrir unas huellas en tonos azulados que marcaban el camino recién recorrido de la cama al baño, y luego a la cocina. El contacto de su zapatilla con su huella había provocado aquel imposible malestar.

Evitando sus pisadas se vistió y acudió al médico, dejando un nuevo reguero que iban tomando diferentes colores y brillos. El doctor, desconcertado ante el fenómeno, le dio cita con un especialista que vería su caso en seis meses. La pobre volvió a casa desconsolada, evitando el camino por el que había ido a consulta.

En su domicilio las marcas de color permanecían inmutables.

Visitó varios expertos con idénticos resultados. Nadie era capaz de explicar el suceso o el insólito malestar que le generaba volver sobre sus pasos exactos. Con tanto viaje su coche estaba repleto de huellas, y para evitar las ganas de vomitar al tocarlas se obligó a usar el autobús. Agotados los milímetros de suelo de los autobuses, llegó a los destinos cotidianos paseando por calles que nunca antes había recorrido.

Políticos y youtubers se interesaron brevemente por ella, pero pronto abandonaron su caso al no tener elevado valor de voto ni un índice de fidelización de followers sostenible.

Tras años cubriendo la ciudad de colores, esta se le quedó pequeña. Marchó a Francia, Alemania, Italia... siempre marcando su camino con huellas variables en color y brillo según su ánimo. Nunca faltó quien la ayudase en su periplo con una comida caliente o un lugar donde cobijarse, pues muchos deseaban tener aquella impronta multicolor en sus suelos como recuerdo.

Conforme los años se amontonaban, sus pies la llevaron a cientos de lugares fantásticos hasta fallecer en un pequeño pueblito de Nueva Zelanda, antípoda casual de su ciudad de origen.

Obviando lo esencial, filósofos trataron sin éxito de encontrar una lógica cultural en sus preferencias. Prestigiosos científicos trazaron un ineficiente patrón probabilístico que explicase las variaciones de color.
Por suerte muchos sí entendieron el legado de Ainhoa.

Se inspiraron en sus pasos.


Crearon caminos propios y descubrieron nuevos colores. 

Eclipse de Luna


(Para @divagacionistas bajo el tema "Luna")

Siempre sentí una extraña fascinación por ella. Todos los días aparecía con esa precisión Islandesa que solo a los que somos de fuera nos parece sobrenatural.

Sentado en mi cubículo miraba hacia arriba a través del cristal, oculto entre columnas de papel, observando enmudecido su avance entre majestuoso y lánguido. Perdido en su palidez, que casi parecía brillar. 

Ella trabajaba en los enormes despachos acristalados de la planta superior, en Contabilidad. Yo veía la película de su vida en versión muda e inventaba los diálogos que tenía con la señora Riejkäarson o con el viejo Sveinbjargarson de Recursos Humanos, quien siempre me denegaba los impresos de material de oficina por escribir mal su nombre.

Pero mi mayor pregunta era... ¿Qué padres en toda Islandia llama "Luna" a su hija? Unos cachondos infrecuentes, imagino. Supongo que habiendo nacido en octubre, quizás era más normal de lo que yo pensaba.

En cualquier caso, hoy tocaba subir documentación a los jefes y por fin era mi turno en el rígido calendario de reparto de tareas que empapelaba los seis metros de la pared norte con perfecta caligrafía Arial 12, doble espacio, interlineado normal.

Llevaba esperando aquel momento días, observando cómo avanzaba la fecha hacia la única tarea escrita en mayúsculas del calendario.

Subí las escaleras portando la pila de carpetas y dossieres. Había puesto el mío el primero, escribiendo en la portada "Mr. Sveinbgarjarson" con letra pulcra, pues para llegar a Recursos Humanos debía pasar por delante del despacho de Luna.

Pensando en la oportunidad que iba a tener, no noté la puerta que se abría golpeando mi pila de papeles. Me agaché rápidamente, tratando de ordenar el mar de documentos desperdigados en torno a mí por el suelo, buscando con frenesí el de recursos humanos que parecía haber acabado justo bajo la suela de unos zapatos bajos de mujer frente a mí.

Alcé lentamente la mirada para descubrir una mujer morena y bajita que me miraba entre preocupada y avergonzada. Se agachó a ayudarme.

- Diooos, perdona no me he dado cuenta.

Sonreí aturdido, sin dejar de mirarla mientras ordenábamos los papeles.

- Soy Alba. Trabajo en Administración, tras el despacho de Contabilidad... ¿También eres español, verdad?

Saqué bajo su pie la carpeta destinada a Sveinbjargarson y sin limpiar los restos de suela lo metí en mitad del montón, allí donde cayó.


Lo peor que podría pasar

(Para @divagacionistas bajo el tema "Bolsillos")

Mi mujer me había avisado que septiembre no era buen mes para usar gabardina en Boston, pero llevarla me daba suerte en las ventas.

Esperando la fila del aeropuerto para comprar la vuelta a casa, sudoroso y agotado, pensé las veces que esa noche iba a tener que escuchar "te lo dije". Llevábamos diez años casados, desde el 91, y esa pequeña satisfacción iba a ser para ella el mejor regalo de aniversario.

Era mi turno frente a la taquilla.

Al meter la mano en el bolsillo de la gabardina, el bulto de piel que creía mi cartera hizo un extraño movimiento, como si estuviese vivo. Mi mano intentó salir automáticamente del bolsillo, pero mis dedos estaban atrapados como presa de un indeseado apretón de manos.

Intenté dos tirones, a cuál más fuerte. Traté que mi rostro no mostrase el horror que sentía en las tripas. Una pareja aprovechó mi duda para colarse a pedir billete y, aturdido, solo acerté a apartarme de la fila un par de pasos.

Por imposible que le pareciera a mi cerebro, lo que fuera que me sujetaba cual grillete se notaba como una mano fría y reseca. Junto a la fila, paralizado, dejé pasar al menos un par de parejas más. 

¿Sufría un golpe de calor? La parálisis por impotencia me impedía gritar o pedir auxilio. Mi mente imaginaba garras retorcidas.  Muertas. Purulentas.

De repente, justo cuando un loco grito ascendía por mi boca, la zarpa que me aferraba soltó su presa y mi mano salió disparada del bolsillo, aferrando mi cartera como si le fuera la vida en ello.

Con el rostro descompuesto me reincorporé directamente frente a la taquillera pidiendo billetes de vuelta a casa. Debía tener mala cara, pues ninguno en la fila se atrevió a abrir la boca.

"Lo lamento pero acabo de vender a esa pareja el último vuelo de hoy para Los Ángeles" dijo la joven "¿Le pongo para mañana 11 de septiembre, sobre las 8h?"

"Perfecto, perfecto" dije distraído frotando mi mano.

Me alejé de la taquilla de venta temblando de miedo y de ira por no poder llegar al aniversario. Además, iba a tocarme dormir en el aeropuerto. 

Arrojé la maldita gabardina a un cubo de basura y pensé que cuando mañana le contase esta historia a mi mujer, con toda seguridad podría decirle que hoy había sido el día más horrible de mi vida.

La curiosa historia del Persolejo

(Para @divagacionistas bajo el tema "Distancias")

David Romeo podría haber sido millonario gracias a aquel invento.

Un tubo alargado con engarces serpentinos de bronce. Diferentes lentes en su interior. "Como un catalejo, pero para personas" me dijo una vez tras varias cervezas "Un... Persolejo ¿Lo pillas?" Estuvo riendo su propia gracia varios minutos.

Solo en nuestro país uno inventaba algo tan fantástico y le ponía un nombre tan cutre. Y luego se lo guardaba, para que nadie más lo disfrutase.

Lo cierto es que David nunca vio negocio en el cachivache, porque su familia estaba forrada. Los Romeo tenían un unifamiliar rollo americano. Él subía desde la ventana de su cuarto al tejado con el dichoso Persolejo y retrepado en las tejas rojizas observaba el resto de viviendas de la urbanización, como el tipo ese de la peli de Hitchcock. 

"Miro por este lado" me decía "y las personas se alejan de mi. Pero no porque se hagan más pequeñas, no. Este cacharro me muestra los pensamientos más asquerosos que tienen dentro. Sus deseos más guarros. Me hace odiarlos."

"Sin embargo" decía dando la vuelta al cachivache con un gesto de majorette "si miro por el otro extremo veo su debilidad, su lucha. Me resulta imposible no sentir simpatía por ellos."

Y yo me lo tenía que creer, porque nunca me dejó mirar por el artefacto.

David lo pasaba tan bien que no ocultaba su vena voyeur. Nunca decía nada a los paseantes, perchado en su atalaya como un cuervo, pero su conducta resultaba tan incómoda que la gente comenzó a evitar pasar por delante, sin saber muy bien porqué. Yo mismo espacié mis visitas a la casa, sin ser capaz de esgrimir una razón concreta.

La cosa podría haber quedado ahí de no ser por Lara Blázquez.  

Por orden paterna la joven quinceañera debía evitar la casa de los Romeo, lo que le obligaba a dar un rodeo considerable para salir de la urbanización. Lara culpaba a David de su infortunio y decidió darle un escarmiento.

Paso por delante de la casa. Rápidamente sacó el espejo del bolso, alzándolo para intentar deslumbrar al mirón.

El forense no pudo encontrar un motivo a la muerte de David, pues la caída del tejado no había sido tan grave. Tampoco tenía explicación para el rictus de horror que petrificaba su rostro. 

Nunca quedó claro por qué lado del Persolejo estaba mirando David cuando se despeñó.

Su granito de arena

(Para @divagacionistas, bajo el tema "Cerraduras")

Repasó con el dedo el lomo de cada librillo, recorriendo con paso lento la longitud del estante al compás de la música ambiental. Habría una veintena de ejemplares, todos representando en sus portadas con colores chillones a este o aquel héroe animado.

Lograr contacto costaba cada vez más. Cerró los ojos. Concentración. Trató de identificar al tacto las texturas de las encuadernaciones. Plástico, la mayoría. Imitaciones de tela en los tomos más caros. La conexión emocional canalizaba mejor de esta forma con aquel precalentamiento.

Generalmente el poder aparecía al tocar las cerraduras.

Corazones, candados, animalitos. Todos aquellos delgados tomos poseían cerraduras doradas o plateadas. Cerraduras guardianas de secretos futuros. Una guarda ficticia, pues cualquiera podía tomar la llavecita que colgaba cerca para violar las páginas en blanco que protegían.

Ella conocía bien el peso de intentar proteger a alguien amado y que te lo arrebatasen injustamente.

El sollozo que amenazaba con invadir silenciosamente sus mejillas quedó atajado por el familiar calor que ascendía desde el primero de los tomos hasta su pecho, usando su brazo como conector. Mucho más difuso que en su juventud, pero ahí estaba. Quizás por última vez.

Todo olvidado, una sonrisa triste asomó a sus labios.

Sin abrir los ojos ni perder el contacto, siguió avanzando a lo largo del estante. Cada cambio de cerradura traía variaciones del mismo tema: Futuras páginas llenas de felicidad, intensa y desbocada. Como solo puede sentirla un niño.

Recorrió dos tercios de la sección sin detectar nada raro. Quizás ya no encontraría nada

Como invocado por ese fugaz destello de esperanza al tocar la siguiente cerradura el frío se deslizó por su brazo, denso y viscoso como una serpiente.

"Señora..."

Abrió los ojos, sobresaltada. Roto el contacto con los libros la desagradable sensación desapareció abruptamente. Esta vez se sentía vacía, como si el poder la hubiese abandonado definitivamente.

"¿Puedo ayudarla en algo?"

Ante ella, una dependienta de sonriente rictus y mirada fija. Como el Bob Esponja custodiado por la última cerradurita que había tocado.

No era Superwoman, su psiquiatra lo repetía constantemente. No podía derribar edificios. Pero quizás esta última ocasión podría hacer algo para evitar que aquellas páginas hoy vacías se llenaran del terror que había presentido.


Tras confirmar que llevaba un mechero en su bolso, pagó el diario infantil y salió por la puerta de la gran superficie a la fría mañana de noviembre.